jueves, enero 29, 2004

Este un texto muy interesante de Javier Sicilia sobre el éxtasis religioso. Salió publicado esta semana en La Jornada Semanal. Publico sólo los fragmentos que me sorprendieron. Especialmente lo que está en negritas, que es la narración alucinante de una experiencia mística de Santa Teresa.

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Jornada Semanal, domingo 25 de enero de 2004 núm. 464

LA CORPORALIDAD Y EL ÉXTASIS

Una de las críticas que el Occidente moderno siempre le ha hecho a los místicos es su negación de lo corpóreo o su excesiva afirmación de él. Supone, bajo el peso del racionalismo, que la mística es una evasión que niega al mundo y promueve el trance, el repudio de la materia, del cuerpo y de los sentidos o bien, una sublimación de procesos eróticos que son negados por el místico.

Nada, sin embargo, más lejos de esos prejuicios de la modernidad. Si algo sabe el místico, que tiene una profunda experiencia de la encarnación del Verbo y de su Resurrección, es que somos seres encarnados y que la experiencia de Dios pasa por todo el espectro de la corporalidad sin reducirse a un juego de procesos bioquímicos y neurofisiológicos sublimados. Para el místico la experiencia de Dios es inimaginable sin su resonancia corpórea. Santa Teresa, de la que Raymundo Panikkar dijo que se enamoró de Cristo después de haber estado enamorada de la humanidad de los hombres, lo dijo de muchas formas. Destaco dos. Una, en la que les recomienda a sus monjas: "Nunca apartarse de la corporalidad de Cristo"; la otra es la descripción que hace de su experiencia de La Transverberación:

Quiso el Señor, que viese […] un ángel […] Veíale en las manos un dardo […] y al final el hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me dejaba, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios.

No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo y aun harto. Es un requiebro tan suave, que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.


No es posible negar la condición orgásmica del relato (...), pero tampoco podemos reducirlo, como lo precisa bien la narración que hace Santa Teresa de la Transververación, a eso. Porque la experiencia de Dios es del orden de lo inefable, ésta, en la medida en que pasa por el cuerpo, sólo puede encontrar su equivalente en la experiencia más profunda que tenemos en nuestra vida psicofísica. La experiencia de Dios a esos niveles de intimidad es analógicamente orgásmica. Tiene resonancias corpóreas que se le parecen. Lacan lo dijo en su último seminario al señalar que la experiencia mística no es, como lo pretendían los psiquiatras del siglo xix, un asunto de fornicación disfrazada. "Ese gozo que se experimenta y del que no se sabe nada, bien puede ser lo que nos pone en camino de la ex-sistencia [ser hacia afuera]. ¿Por qué no interpretar una cara del Otro, la cara de Dios como soportada por el gozo femenino? La manera en que Dios existe puede no gustar a todo el mundo, sobre todo a los teólogos. Pero como sucede con santa Teresa: sólo hay que ir a Roma a ver la estatua de Bernini para comprender inmediatamente que ‘ella goza’ [...] ¿pero de qué goza" sino de Dios mismo que desde la creación y la encarnación no ha dejado de manifestarse y de resonar en nuestra corporalidad?"

-- Javier Sicilia
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