viernes, septiembre 24, 2004

Otro poema de la medianoche

-- Para la mujer que quisiera tener a mi lado (she knows who she is).

Solo dentro de la noche, cerca de ti estoy.
Estoy acostado a tus espaldas, con mis labios en tu cuello,
mi brazo en tu cintura, mi pierna dentro de tus piernas.
Te susurro cosas al oído.
Enumero tus nombres infinitos, describo la belleza que te rodea.
Estoy enamorado del olor de tu cabello.
Y me tranquiliza saber que aunque conozco una parte de ti,
tú, mi mapa del tesoro, seguirás siendo un templo de maravillas.

* * * * *

martes, septiembre 21, 2004

Sobre la frustación

Me gusta escribir siempre que me siento frustrado. Como ahora. La frustración es hermana de la impaciencia, ni quien lo dude. Y pocas cosas pueden llegar a frustrar tanto como una mujer. Especialmente si uno es capaz de verse nítidamente a sí mismo en los ojos de esa mujer. A través de sus ojos. Sus hermosos, amigables, verdes y amarillos, sensuales, deliciosos ojos.

Escuchando: Albert Ayler, "Music is the healing force of the universe", que aunque cause sorpresa es una excelente opción para escuchar a la una de la mañana. ¡Viva don Alberto Ayler!

domingo, agosto 29, 2004

Yo en la playa

sábado, agosto 21, 2004

Poema sobre Robert Dana

Hace algunos días, revisando mis cachivaches, reencontré este texto escrito hace 4 años, mientras estuve en Pella, Iowa. Robert Dana es un excelente poeta estadounidense, y tuve la suerte de asistir a una de sus lecturas de poesía, justamente en la biblioteca de la universidad. El poema fue redactado pocas horas después de haber escuchado al poeta cantando sobre atardeceres en las costas del norte de África y ciertas delicias de la vida cotidiana. La anécdota que narra el poema en realidad sucedió, hace algunos 14 años. Como despedida, ya que no puedo transcribirla ni describirla apropiadamente, adjudico espiritualmente a ustedes la profundidad y belleza de las frases de Miles Davis y John Coltrane que estoy escuchando en este instante. Del Kind of Blue, ciertamente.

"Escuchando a Robert Dana en Pella, 2000"

No creo que le importe que le diga viejo.
El caso es que el viejo poeta nos ha dado una lección.
Yo estaba sentado en la biblioteca, admirando el movimiento
de sus palabras que eran serpientes que ardían
bajo la luna fría del otoño como la memoria,
como la serpiente que encontramos muerta frente a mi casa
una
tarde
lluviosa,
hace una vida parece, hace sólo diez años.
Formamos un círculo alrededor del pequeño cadáver y nos reímos del miedo que teníamos de acercarnos.
Nadie pensó en enterrarla.
Cerramos los ojos
y en silencio imaginamos que la lluvia caería en la noche,
lavaría las aceras de las casas y golpearía nuestras ventanas,
y un n.i.ñ.o.s.o.n.á.m.b.u.l.o se levantaría de la cama y saldría a venerar sin llanto la llegada del invierno.

* * * * *

lunes, agosto 09, 2004

Jueves de jazz

Escuchando: Héctor Lavoe y Willie Colón, "Todo tiene su final"

Sirvan estas palabras para pregonar a los cuatro vientos que nuevamente hay jazz en Mérida. Jazz nocturno, jazz versado —notas apasionadas y llenas de soltura. Formalmente jazz, ya que como afirmaba Jelly Roll Morton, para estos propósitos “no importa qué se toca sino cómo se toca”. El recinto es el Taller de Arte Contemporáneo del guitarrista y bajista Alberto Palomo (calle 27 no. 213-C por 26 y 28, col. García Ginerés), la cita los jueves a partir de las 9 de la noche. El propietario del presente par de oídos ha tenido la fortuna de asistir por lo menos tres veces, atestiguando el jubiloso desarrollo del trío integrado por Juan Palacios al piano eléctrico, Alberto Palomo al bajo y contrabajo eléctrico y Virgilio Zaldívar a la batería. Rindo testimonio ante ustedes: Palacios suele ejecutar unos solos llenos de vigor rítmico y un saludable olfato melódico, Virgilio logra imponer el sonido africanizado de sus tambores y de Palomo ya no sabemos si preferimos oírlo al bajo o a la guitarra, tan placentero es su desempeño en ambos instrumentos. De igual forma, bienaventurados han sido los palomazos de excelentes músicos como el excelente guitarrista de bebop Gilberto Pinzón, el fino baterista Paco Godoy y el saxofonista cubano Humberto Casanova, entre varios otros. Les invito entonces a disfrutar cada jueves de una enérgica velada entre síncopes y sincopados, café expreso y el sano aroma de la juventud. Doy fe.

P.D. Como posterior testimonio, me permito transcribir un poema escrito por un servidor el jueves de la semana pasada, durante un intermedio del trío de Palomo.

Vibro al compás,
sueño sincopado.
¡Soy de viento!

* * * * *

lunes, julio 26, 2004

Poesía de (casi) la medianoche

Interrumpo mi acostumbrada sesión de soulseek para soltar al aire ciertos textos, escritos recientemente, que parecen apropiados para esta "noche de inquietud", como la descrita magníficamente por Deniz en Picos Pardos.

Escuchando: Lester Young con John Lewis: Three little words; Chico Freeman: Answer me my love, Angel eyes.

* * * * *

Es más de la medianoche y sigo vivo.
Sigo despierto, vertical, en movimiento. Tengo los ojos abiertos.
Escucho las voces del pasado, los cánticos del viento y del olvido.
Me integro. Estoy de vuelta.

Mi cuerpo suena como un conjunto de voces, un ensamble de pequeños yo.
Soy el que ha sido desde antes. Somos uno mismo. Lo que significa que somos dos, o tres, o más.

Cierro los ojos. Me reintegro.
Me declaro hermano de todos los hombres que he sido.
Me declaro hermano de mis hijos. Me declaro muchos.
Me ofrezco mí mismo a mí.
Y sigo siendo otro.

* * * * *

"Temporada de vuelo"

"Everybody knows that our cities were built to be destroyed..."
Caetano Veloso

Por favor Dios, mándame una carta
Mándame un sello como una serpiente
Los embates traicionados de la hondura
El aire de vidrio que respiro
Esas dos o tres fotografías
(En que apareces entera...)

* * * * *

Vendrán ahora mis palabras como un muro de concreto.
Ignoro su significado. Desconozco la relación entre sus signos.
Aún no comprendo como puede uno viajar a través de ellas, montado en ellas, incrustado en ellas.
Sé que vienen del silencio. Y que al silencio se dirigen.
Ellas también lo saben, y bailan.
¿Estoy yo detrás de ellas?

* * * * *

¿Qué pasaría si no existiera la palabra "yo"? ¿Con qué otra forma denominaríamos e identificaríamos los límites que nos definen y separan del resto de los seres? ¿Con una sensación corporal, acaso? ¿Tendría el propio cuerpo alguna forma de decir: "aquí empiezo, y aquí termino"? ¿Seguiría sabiendo que el conjunto de órganos que lo integran pertenece a un sólo ser? ¿Quién sería ese ser?

* * * * *

domingo, junio 13, 2004

Poesía de domingo lluvioso, al mediodía

Para Malena, gracias por las fotos.


* * * * *


CATULO

de la obra: Cármenes

VIII

DEJA de hacer el tonto, infeliz Catulo,
y lo que ves que ha muerto juzga perdido.
Viste brillar, otrora, radiantes soles,
cuando ibas donde aquella te conducía
que amamos como nadie ha de ser amada.
Allí se hacían esas cosas alegres
que te placían y a ella no desplacían.
Viste brillar, de cierto, radiantes soles.
Hoy no te quiere ya; no la quieras, débil;
no sigas a quien huye, ni triste vivas,
pero con obstinada mente resiste.
Adiós, amada; ya Catulo resiste
y no te busca o ruega contra ti misma.
Pero habrás de dolerte al no ser rogada.
¡Qué vida te espera, desventurada!
¿Quién hoy a ti se acerca? ¿Quién te ve hermosa?
¿A quién amas, de quién se dirá que eres?
¿A quién besas? ¿De quién morderás los labios?
Mas resiste, Catulo, tú, decidido.


* * * * *


EZRA POUND

Encargo

Vayan, canciones mías, al solitario y al insatisfecho,
Vayan también al desquiciado, al esclavo de las
convenciones,
llévenles mi desprecio hacia sus opresores.
Vayan como una ola gigante de agua fría,
lleven mi desprecio por los opresores.

Hablen contra la opresión inconsciente,
Hablen contra la tiranía de los que no tienen
imaginación,
hablen contra las ataduras,
vayan a la burguesa que se está muriendo de tedio,
vayan a las mujeres de los barrios residenciales,
vayan a las repugnantemente casadas,
vayan a aquellas cuyo fracaso está oculto,
vayan a las emparejadas sin fortuna,
vayan a la esposa comprada,
vayan a la mujer comprometida.

Vayan a los que tienen una lujuria exquisita,
vayan a aquellos cuyos deseos exquisitos son frustrados,
vayan como una plaga contra el aburrimiento del mundo;
vayan con vuestro filo contra esto,
fortalezcan los sutiles cordones,
traigan confianza a las algas y tentáculos del alma.

Vayan de manera amistosa,
vayan con palabras sinceras.
Ansíen el hallazgo de males nuevos y de un nuevo bien,
opónganse a todas las formas de opresión.
Vayan a quienes la mediana edad ha engordado,
a los que han perdido el interés.

Vayan a los adolescentes a quienes les asfixia la familia…
¡Oh, qué asqueroso resulta
ver a tres generaciones reunidas bajo un mismo techo!
Es como un árbol viejo con retoños
y con algunas ramas podridas y cayéndose.

Salgan y desafíen la opinión,
vayan contra ese cautiverio vegetal de la sangre,
vayan contra toda clase de manos muertas.


* * * * *


VLADIMIR MAÏAKOVSKI

El poeta es un obrero

Se le ladra al poeta:
“¡Quisiera verte con un torno!
¿Qué, versos?
¿Esas pamplinas?
¡Y cuando llaman al trabajo, te haces el sordo!”
Sin embargo,
es posible que nadie
ponga tanto ahínco en la tarea
como nosotros.
Yo mismo soy una fábrica.
Y si bien me faltan chimeneas,
esto quiere decir
que más coraje me cuesta serlo.
Sé muy bien
que no gustáis de frases vacías.
Cuando aserráis la madera, es para hacer leños.
Pero nosotros
qué somos sino ebanistas
que trabajan el leño de la cabeza humana.
Por supuesto
que pescar es una cosa respetable.
Echar las redes.
¿Quién sabe? ¡Tal vez un esturión!
Pero el trabajo del poeta es más beneficioso:
la pesca de hombres vivos, esto es lo mejor.
Enorme, ardiente es el trabajo en los altos hornos,
donde se forma el hierro chisporroteante.
¿Pero quién
se atrevería a llamarnos holgazanes?
Nosotros bruñimos las mentes con áspera lengua.
¿Quién es más aquí?
¿El poeta o el técnico
que procura a los hombres
tantas ventajas prácticas?
Los dos.
Los corazones son también motores.
El alma es también fuerza motriz.
Somos iguales.
Camaradas de la clase trabajadora.
Proletarios del cuerpo y del espíritu.
Solamente unidos,
Solamente juntos podremos engalanar el universo,
acelerar el ritmo de su marcha.
Ante una oleada de palabras, levantemos un dique.
¡Manos a la obra!
Y a los que discursean
que se les mande al molino.
¡Para que el agua de mis discursos haga girar sus aspas!


* * * * *


MAX JACOB

Poema de un gusto que no es el mío

A ti, Baudelaire.

Cerca de un acebo a través de cuyo follaje se veía una ciudad, don Juan, Rotschild, Fausto y un pintor conversaban.
–Yo he amasado una inmensa fortuna, y como no me proporcionaba ninguna satisfacción he continuado enriqueciéndome, esperando encontrar la alegría que me dio el primer millón– afirmó Rotschild.
–He seguido buscando el amor en medio de las desdichas– dice don Juan–. Ser amado y no amar es un suplicio, pero yo he continuado buscando el amor con la esperanza de volver a hallar la emoción de un primer amor…
–Cuando encontré el secreto que me ha dado la gloria –dice el pintor– busqué otros secretos para llenar mi pensamiento; mas para éstos se me ha negado la gloria que me había facilitado el primero, y vuelvo a mi fórmula a pesar del hastío que me causa.
–He dejado la ciencia por la felicidad –dice Fausto– pero me reintegro a la ciencia, empero estar anticuados mis métodos, porque no hay otra felicidad más que la investigación.
Al lado de ellos estaba una mujer muy joven cubierta de hiedra artificial que dijo:
– ¡Yo me aburro, soy demasiado bella!
Y Dios, tras el abeto, afirmó:
– Yo conozco el universo, me fastidio.


* * * * *


GERARDO DENIZ

de la obra: Picos pardos

(1. Prólogo mientras acaba de entrar el público.)

Como un alto vuelo blanco de garzas temprano se convierte
en inferior cometa a ras de limo
sin el grabar en vísceras que aflige la balanza,
así los pensamientos de un día con su noche,
(a qué hora comenzará la carne a oír),
flores de dos esmaltes, son religiones hondas donde
dormita el riesgo
al murmurar: amoneda tu rostro y has de amanecer tirano.

¿Caerán estrellas pronto (bastantemente, demasiadamente)
o tan sólo el domingo, soplado de cacao, juglar que defeca
una vez por semana?
Pues ya en las sobremesas entre Abel y Caín
–donde tantas figuras fueron desplumadas–
se habló de cuatro cocoteros heridos de centella y en medio,
necesario, el primer patíbulo.
Junto a los manantiales descubrían ambos hermanos a
doncellas y más doncellas con lágrimas tatuadas
y coronas de cartón caídas al cauce fresco y reciente. ¿Los
embaucaron? Poco interesa.
Hoy, un beso entre las clavículas –palillos de tambor bajo
epidermis–, y a otro tórax.

(Se ruega no contraer el útero por tan poco, damiselas,
que no estará en letra de médico todo lo que ha de seguir,
palabra de hombre.)
El meridiano, cualquiera lo soba. Y si el meridiano avienta
arena a los ojos,
es por horizontal y cabe defenderse.
Desde la sima de esta cárcel de cuarzo, sé bien lo que
divulgo y lo que abrevio.
He visto a hartas hadas de ferias cortando en sectores
–mientras proferían un algo alarido celestino–
su esfera horaria, más petulantes que magnolia por la
noche.
Lo he visto y me ha indignado.

La luna tras las cumbres, redonda boina tibia
por el cráneo: cómo dudar que le saltaran íncubos por
arriba y súcubos
por puro amor (sin pretender que volverían; más bien
nada prometieron). Lo certificará la madre al contar las
manchas en la sábana
porque se asume infalible, como en el folklore. Y se
equivoca:
la piel es y será un estuche de duendes, parézcanos o no.

Rumbo al polo, aquí empezaríamos a devorar los perros de
nuestros trineos.


* * * * *

viernes, junio 04, 2004

Tomado de la columna Astillero, de La Jornada

(Sobre la declaración de Fox que el país pasa por una "pequeña turbulencia" como "cualquier vuelo en el aire", pero que el propio paìs "sabe como llegar a dónde va a llegar"):

"¿O sea que en plena turbulencia de un 'vuelo en el aire' el supuesto capitán avisa que el avión por sí mismo sabe a dónde ir y cómo llegar 'ahí'? Y en seguida, ligadito, el general de ala Bis Fos, abundó en su tesis del piloto automático como salvación nacional: 'La responsabilidad (de manejar la nave en plena turbulencia) la ha asumido la sociedad mexicana, y la sociedad mexicana está conduciendo a este país', reveló, mientras los viajeros se preguntaban si las palabras esclarecedoras no serían un mensaje que el responsable del vuelo habría grabado antes de lanzarse en paracaídas y mientras se figuraban cómo le harían decenas de millones de manos para asumir el control del instrumental de navegación que un par de ellas, elegidas históricamente para esas labores, no habían podido hacerlo. "

Julio Hernández López
Astillero
LA JORNADA

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martes, junio 01, 2004

Un cuento de Edmundo Paz Soldán

A sugerencia de mi estimado amigo Santiago Canales, he empezado a sumergirme y volverme adicto a ciertos autores de la nueva literatura hispanoamericana; ya leímos al impresionante chileno Alberto Fuguet, hoy es el turno del no menos impresionante Edmundo Paz Soldán. Boliviano, profesor de literatura en Estados Unidos, treintañero, Paz Soldán ha recibido algunos de los más importantes premios del continente, incluído el Premio Juan Rulfo, quizás la más importante distinción mundial sobre el cuento breve. Les recomiendo ampliamente la lectura de sus cuentos "El rompecabezas", y "La frontera", de fácil búsqueda en Google. Paz Soldán, damas y caballeros.

* * * * *

La visita

por Edmundo Paz Soldán


El timbre sonó con delicadeza, como si la persona que lo hubiera tocado estuviera pidiendo disculpas por la interrupción. Gustavo se levantó de su asiento y se acercó a la puerta. Carolina le había pedido que no abriera sin preguntar de quién se trataba, New York está llena de locos, pero Gustavo no hizo caso al pedido. Un hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, moreno y de patillas, los ojos verdes y pequeños y un sobretodo gris, incongruente en la calurosa tarde de primavera, lo miró y le preguntó si podía pasar. Gustavo le dio paso, sin tiempo siquiera a sorprenderse por la pregunta.

El hombre caminó por el piso alfombrado del estudio. Sus ojos escudriñaban las paredes cubiertas de pósters del MOMA -Magritte y Kandinsky-, la cama suspendida del techo en un rincón, la escalera que colgaba de ésta. Se detuvo junto a la mesa y miró a la azulada pantalla de la iMac, los gráficos de la bolsa de valores que Gustavo analizaba para invertir en internet. Una canción de Creed en MP3 salía de los parlantes de la computadora.

Gustavo se preguntó si el hombre tenía algo que ver con el edificio. ¿Venía a medir el estudio para ver en cuánto subía el alquiler? ¿Y si el sobretodo escondía un revólver? Un asalto a mano armada, los titulares del New York Post estaban llenos de robos y violaciones a incautos que dejaban pasar a extraños a sus departamentos. Tosió. Debía haberle hecho caso a Carolina.

-Excuse me, but, could you tell me…
-Nice accent. Where are you from?
-Bolivia.
Se acercó a la mesa y bajó el volumen. Alzó la manzana que estaba comiendo. Era verde, como le gustaban a Carolina. Le dio un mordisco. Prefería las rojas.
-Hablo español. Un poquito -dijo el hombre, con un acento pronunciado-. Vivo un año en Costa Rica. Conozco Perú. Bolivia es como Perú, isn't it?
-Su hermana menor.
-Macchu Picchu, really. Muy hermoso. Los incas. Great civilization. Voy con mi esposa, long time ago. Prometemos volver, nunca volvemos.
-Suele ocurrir.

El hombre se acercó a la puerta corrediza de vidrio, que daba hacia un mínimo balcón. Un hueco entre los edificios que rodeaban el departamento permitía el ingreso de una luz diáfana, de primera mañana.

-Antes no hay balcón -continuó el hombre-. Gracias por dejarme pasar. Thanks, really. Yo vivo aquí fourteen years ago. Con mi mujer Louise y Anna Louise, mi hija de tres años. Quiero ver como está el apartamento. Ahora yo vivo en Wyoming. Primera vez que vuelvo a Manhattan.
-Ha debido cambiar mucho -dijo Gustavo, mirando de reojo su reloj. Cada minuto contaba en internet trading. Se construían fortunas y caían imperios a cada segundo de la marcha bursátil. Oracle, ¿habría subido? Unos puntos más, y vendería sus escasas acciones y ganaría algunos dólares. Y Carolina llegaría pronto del hospital, debía apagar la iMac, a ella no le gustaba que invirtiera en la bolsa, ¿quién te metió en la cabeza eso de querer hacerte rico de la noche a la mañana? Este país, respondía él. ¿Y qué quieres que haga, con tanto tiempo libre? Pronto ella terminaría su beca, volverían a Río Fugitivo, a otro ritmo, a otras ideas en la cabeza.
-Todo cambia mucho -dijo el hombre. Tenía la vista fija en la puerta corrediza-. Mi mujer… she killed herself last year.
-Lo siento -Gustavo se sintió algo tonto pronunciando esas palabras. Pero, ¿qué más decir? Se preocupó. ¿Había venido el hombre a arrojarse por el balcón? Dejó la manzana sobre la mesa-.
-Está bien, está bien… Hace catorce años, no hay balcón aquí. Sólo la puerta corrediza. Ella va una tarde al supermercado. Yo me quedo in charge de Anna Louise. Beautiful blond hair, like her mother. Green eyes, like me. ¿Usted tiene hijos?
-No.
-¿Quiere tenerlos?
-Por supuesto. Un hombrecito me encantaría.
-They say they're great. But there's nothing like a baby girl. You won't be a dad until you have a daughter.
Gustavo se preguntó por qué.
-Esa tarde trabajo, como usted. Todos trabajan mucho en New York. Anna Louise juega. Puedo verla, sonríe, está feliz, y escucho su voz, daddy, daddy long legs, she calls me. Esa tarde, el aire está pesado. Muy pesado. Abro un poco la puerta. That door.
Gustavo se fijó en la puerta corrediza.
-Vuelvo a trabajar -dijo el hombre-, y olvido cerrarla.

El tono era neutro, desapasionado. Gustavo se había preguntado muchas veces por los anteriores moradores del departamento. El tubo cilíndrico en las paredes, a la altura de la cintura, le había hecho pensar que una anterior inquilina pudo haber sido una bailarina de ballet (¿pósters de Degas en las paredes?). ¿Qué historias encerraba ese recinto? A veces, en las noches, se oían crujidos de los muebles, y Carolina inventaba, entre risas, un relato de un crimen cometido años atrás en ese departamento, de un alma intranquila que vagaba en pena por los cuartos y pasillos del piso nueve. A Gustavo no le parecía nada cómico, y le tapaba la boca para callarla. Carolina era así, se reía de lo trágico. Sería una buena doctora, en la sala de operaciones no se inmutaría al ver a un paciente desangrarse y expirar en sus brazos. ¿Qué hubiera dicho de la historia del hombre?

-Bajo corriendo. One floor, two floors, three floors… The elevator, I didn't even thing about taking it, I don't know why. Pienso que puedo llegar más rápido corriendo. Pero no quiero llegar. Veo desde la puerta mucha gente que se acerca. Me acerco. I can't stop. No puedo. Sigo caminando. Me alejo de la gente, desaparezco. Camino por Manhattan toda la tarde. Entro al subway. Línea 2, from beginning to end, back and forth. No puedo volver, no quiero volver. No quiero ver a mi hija en la calle.

Gustavo sintió deseos de abrir la puerta corrediza, asomarse al balcón, ver a la gente y los taxis cruzando la calle Setenta, quizás los rescoldos incorpóreos de una escena ocurrida catorce años atrás. No lo haría: el vértigo le atenazaría el cuello, como aquella vez en Río Fugitivo, besándose con Carolina en la azotea de un edificio abandonado, el pretil que estaba tan cerca, y, borrachos, la apuesta de sacar por el borde la mitad del cuerpo y mantener la mirada hacia abajo durante cinco minutos. No había durado ni treinta segundos. Una vez más, Carolina había ganado.

-Mi esposa en shock, con doctores. To make a long story short, regresamos a Wyoming, para el funeral. No podemos volver a New York. Juicio al edificio. Los abogados prometen que ganamos, pero perdemos. Oh well. Who cares? Nada es lo mismo. Vivo con guilt… ¿cómo se dice?
-Culpa.
-Vivo con culpa todos los días. Muchas veces pienso que no sobrevivo, ése es the last day. However, aquí estoy. Es mi responsabilidad. Pero Louise no puede. She retreats into her own world. Writes poems to her daughter. Every day. Keeps the ashes in a box, by her bed. Su hija, dice. No nuestra hija, nunca más. Nunca más. And then, one night. Valiums, muchos valiums.

Gustavo se quedó callado. Quiso que llegara Carolina. Ella siempre tenía las palabras adecuadas para cada ocasión. Percibió una gran mancha roja en el cuello del hombre. Debía ser una marca de nacimiento.
-Debe de ser muy duro para usted -dijo.
-No duermo bien. Juego billar en las tardes, solo. Vivo en diferentes hoteles. Holiday Inn, Best Western… Veo televisión toda la noche. Black and white movies, mostly. El domingo pasado, veo Paths of Glory.
-Gran película. La escena del fusilamiento es increíble. Kubrick es un genio.
-Indeed.

El hombre volvió a agradecerle a Gustavo la gentileza. Se alisó las patillas. Su mirada se perdió por un rato más en la puerta corrediza. Deambuló por el estudio, se acercó a la escalera y se ensució las manos con polvo. Quiso volver hacia el balcón, pero se detuvo a medio camino. Luego, se despidió y se fue.

Gustavo se sentó frente a la iMac. Subió el volumen de la música. Lo bajó. Oracle había ganado unos puntos. Vendió las acciones y apagó la computadora. Se quedó sentado mirando la pantalla apagada. No quería darse la vuelta y mirar hacia la puerta corrediza. Quería darle la espalda a la ciudad hasta que la noche lo sorprendiera.

Carolina le hablaría de bebés esa noche. Ese era su tema últimamente. Quería que apenas volvieran a Río Fugitivo se dedicaran en serio a buscar un hijo. ¿Te imaginas, un hijo nuestro? ¿Con tu sonrisa y mi mirada? El reloj biológico, ¿cómo evadirlo?

Pero, ¿cuál era el problema? No debía preocuparse. Un accidente como ese le ocurría a uno en un… ¿millón? Más, mucho más. El cálculo de probabilidades, tan útil para el daytrading, debía servirle ahora.

En la pantalla apagada de la iMac, un hombre le daba la espalda a Gustavo en la habitación de un hotel, y miraba en su televisor una película en blanco y negro. Gustavo se concentró en la pantalla del televisor, y pudo ver, aliviado, que la película era Paths of Glory. Se concentró en el hombre y quiso ver su rostro, asegurarse de que tenía patillas y ojos verdes, de que había una marca de nacimiento en el cuello.
Se desesperó: no podía verle el rostro.

Carolina lo descubrió con la cara pegada a la iMac, tratando, acaso, de ingresar a esa habitación de hotel, de ver de frente lo que sólo podía ver de espaldas.

© Edmundo Paz Soldán 2003

domingo, mayo 30, 2004

Del amor (o, who told you it would be easy?)

Disculpen la falta de palabras. Pero es que es la verdad. ¿Quién nos dijo que el amor iba a ser algo fácil? Se han dicho millones de cosas sobre el amor en toda la historia de la humanidad, pero no creo que nadie, ni una sola vez, haya dicho que el amor es algo fácil. O que la vida sea algo fácil, for that matter. Hay consuelos, momentos felices, una sensación pasajera de alivio. Y hay el amor. Pero no es fácil. Nadie nos dijo que sería fácil. José Carlos Becerra, un poeta tabasqueño, tampoco pensaba que estos asuntos fueran algo fácil. Me sumo entonces a su plegaria, a su canto fervoroso. No era necesaria una nueva acometida de la soledad para que lo supiera. El amor no es algo fácil.

* * * * *

Blues

de José Carlos Becerra

No era necesaria una nueva acometida de la soledad
para que lo supiera.
Navegaba la mar por un rumbo desconocido para mis manos.
Donde el amor moró y tuvo reino
queda ya sólo un muro que avasalla la hierba.
Queda una hoja de papel no en blanco
donde está anocheciendo.
Donde goteaba luceros una noche
sobre unos hombros limpios como verdad mostrada,
sólo queda una brisa sin destino.
Donde una mujer fundara un beso,
sólo árboles postrados al invierno.

Y no era necesario decirlo.
El corazón sin que sea una lágrima
puede sombrear las mejillas.

La ventana da a la tristeza.
Apoyo los codos en el pasado y, sin mirar, tu ausencia
me penetra en el pecho para lamer mi corazón.

El aire es una mano que está hojeando mi frente.
Mi frente donde la luna es una inscripcíón,
una voz esculpiendo su olvido.

Como humo la luna se levanta
de entre las ruinas del atardecer.
Es muy temprano en este azul sin rostro.
No era necesario enturbiar la soledad
con el polvo de un beso disuelto.
No era necesario
memorizar la noche en una lágrima.

Labios sobrecogidos de olvido,
pulsaciones de un oleaje de mar ya retirándose,
ruido de nubes que el otoño piensa.

Hay lápices en forma de tiempo, vasos de agua
donde el anochecer flota en silencio.
Hay la rama de un árbol como un brazo esculpido
por algún abandono.

Hay miradas y cartas donde la noche
puso en marcha al vacío,
a las frentes que extinguen su remoto color
sobre letras que enlazan señales de viaje.

Aquí está la tarde.
Puede enrolarse en ella quien esté enamorado.
Aquí está la tarde para designar una ausencia.

Suena en mi pecho el mundo
como un árbol ganado por el tiempo.

No era necesaria la tarde, tampoco este cigarro cuyo humo
puede ser otra mano evaporándose.

Invernará la noche en mi pecho.
No era necesario saberlo.
No tiene importancia.
Espero una carta todavía no escrita
donde el olvido me nombre su heredero.

* * * * *

viernes, mayo 28, 2004

Un sabio habla

"Concluyo: ''La fridomanía es un culto cuyos residuos providencialistas prueban lo evidente: los santos de esta época ya no provendrán de las virginidades defendidas a costa del salto en el vacío o de los aconteceres celestiales que sanan a enfermos y sanos por igual. Sino, muy principalmente, de las vidas que mezclan orgánicamente dimensión artística, autodestrucción, originalidad y radicalidad existencial.' "

Carlos Monsiváis, en plática sobre Frida Kahlo en la casa de Frida en Coyoacán.

La Jornada

* * * * *

jueves, mayo 27, 2004

Un cuento de Alberto Fuguet

Para los que aún no lo conocieren, el chileno Alberto Fuguet es uno de los esritores más importantes de Latinoamérica. Estoy en proceso de conseguir su novela "Mala Onda" y su antología "McOndo". Aquí les pongo un cuento suyo, impresionante por su dureza y por su coloquialidad, por la distancia con que retrata a sus personajes. Resulta evidente la influencia de autores norteamericanos como J.D. Salinger y Charles Bukowski, filtradas a través de un desparpajo plenamente noventero y kurt-cobainesco. Alberto Fuguet, señoras y señores.

* * * * *

HIJOS
(un cuento en dos actos)

por Alberto Fuguet


I

Somos una pareja joven, sin hijos. Lo de joven es relativo. Ninguno de los dos ha cumplido treinta, es cierto, pero llevamos siete años juntos y no hemos sentido comezón alguna. La pasamos muy bien. Nos reímos sin cesar. Somos más ambient que transient. Esto es cierto. Carla no baila. Nunca lo ha hecho. No gastamos en moda ni en cosas de moda. Ninguno de los dos maneja. Nos gusta trotar a orillas del mar. Comemos hamburguesas y pollo frito, nada de sushi o vino fino nacional. Por las noches, vemos películas en DVD. A Carla y a mí nos gusta surfear la Internet tomados de la mano. Contamos con varios computadores Apple. Los coleccionamos. Ella tiene iMac color uva, yo acabo de comprarme un G3 portátil. Siempre hemos sido fanáticamente anti-PC. Creemos en la hermandad Mac.
No ganamos mal. Si sumamos nuestros respectivos sueldos, juntamos un monto respetable. El departamento de Recreo es nuestro. Invertimos más en Fondos Mutuos que en viajes no-virtuales. No estamos juntos por temor a estar solos. Carla es digital y lo sabe. No podría confiar en una mujer que no creyera en la cibernética. A veces le envío e-mails cariñosos y le escribo el tipo de cosas que no me atrevo a decirle en persona.
Respecto al tema de la descendencia: no es que no podamos procrear, simplemente no queremos. Quizás más adelante. Eso es lo que le decimos a los curiosos que no entienden (o son incapaces de comprender) que no queramos desvelar nuestras noches o endeudarnos con criaturas que, una década y media más tarde, pensarán de nosotros lo mismo que nosotros pensamos de nuestros limitados progenitores.
El que nos ayudó a tomar esta opción fue un amigo al que ya no queremos tanto. Fue por azar, no a propósito. Mauricio terminó casándose con su novia, una chica intercambiable a la que admiraba más que quería. Nada nuevo ahí. Sucede a menudo. A los diez meses, tuvieron un niñito al que bautizaron con el horroroso nombre de Beltrán. Cuando Mauricio nos solicitó ser padrinos, Carla se negó. No recurrió a tácticas diplomáticas. Por eso la quiero. Por como habla, por como piensa.
"Disculpa", le dijo, "pero no acostumbramos a apadrinar a nadie. Tú sabes lo que pienso: no hay nada más irresponsable que llenarse de responsabilidades".
Seis meses después, la nana arequipeña que contrató Mauricio se tropezó sobre el piso encerado y el niñito, que estaba en sus brazos, voló a través de un ventanal que estalló en mil pedazos. Beltrán no se mató y sus cortes fueron mínimos: aterrizó sobre unos arbustos que había en el patio. Un milagro, sostuvo Mauricio, que es agnóstico. Su cónyuge fue inyectada con sedantes varios.
Acompañamos a Mauricio esa noche. Le preparamos comida. Mauricio nos habló de su amor incondicional por Beltrán. Quedamos impactados por la fuerza de su pasión. Hasta que nos dijo lo que ninguno de los dos quisimos volver a escuchar:
"El lazo que he establecido con él no se compara con lo que siento por ella. Si mi mujer se muriera, derramaría diez lágrimas. Si Beltrán se enfermara, no dudaría en asesinarla como acto de ofrenda con tal que mi hijo se mejorara".
Esa misma noche Carla me insinuó la posibilidad de quizás traer un perro a casa. Algo pequeño, civilizado. Un chihuahua, por ejemplo. O uno de esos Hush Puppies. "Un ser que nos una, pero no nos separe", me susurró en medio de la oscuridad.
Eso fue hace un año. Sí, un año.

A Carla y a mí nos gusta estudiar. Cursamos un MBA en la Universidad Adolfo Ibáñez. Luego de graduarnos, decidimos asistir, en forma sistemática, a cursos de formación integral para no perder el hábito. Hace poco participamos en uno sobre Clonación y Cibernética. Gozamos con otro, dictado en la Federico Santa María, llamado "Parábolas de la Postrimería: hibridez y caos en América Latina."
Este semestre nos inscribimos en un curso vespertino titulado "Plano Secuencia: Cine-Documental y Cine como Documento". Lo ofrece la Católica de Valparaíso. El profesor que lo dicta es un señor llamado Bartolo Paternostro Villalba. Debe tener unos setenta años y es muy bajo. Minúsculo. Casi enano. Es proporcionado y todo, sólo que es bajo. Bajito.
El señor Paternostro Villalba estudió medicina y ejerció, por años, como pediatra. Sus manos son como las de un niño. Lo suyo, sin embargo, es el cine. Dirigió y produjo, a pulso, cinco documentales, filmados durante los 50 y los 60. Por lo que averiguamos, son legendarios en toda Europa. Tuvimos el privilegio de ver los cinco en clase. Quedamos especialmente admirados con "Pelusón/Polizón", el retrato de dos chicos vagos que viven en los cerros del puerto.
El doctor está casado con una señora también muy baja. Redonda como una pelotita, casi. En rigor, no es tan baja. Si se hubiera casado con un tipo de una altura media, nadie la vería con ojos liliputienses. Como pareja, en cambio, se restan centímetros. Uno los ve caminar por los pasillos de la universidad y, de lejos, cree que son niños disfrazados. Aquellos que no los conocen se apartan de ellos con cara de espanto.
La señora del doctor se llama Celinda Guillermoprieto y fue una célebre actriz de radioteatros. Su tono de voz es bajo, áspero, inquietante. Celinda es mayor que don Bartolo, bordea fácilmente los ochenta. Se sienta en la primera fila de la clase y toma apuntes de cada una de las palabras que emite su marido. Celinda luce una piel muy clara y, entre su decrepitud, sus diminutos ojos verdes alegran el frágil conjunto. Pero es su pelo, negro azabache, sin una cana, el que distrae y apabulla.
Una noche, después de clases, nos fuimos caminando y, no recuerdo bien cómo, terminamos comiendo en un restorán llamado Hamburgo. La cena dio paso a una suerte de rito. Así, cada jueves, después de clases, los cuatro nos vamos a cenar. Nos turnamos en el pago.
Demás está decir que Carla y yo disfrutamos muchísimo de la compañía de esta singular pareja. Nos divierten y sorprenden. Aprendemos tanto de los dos. Es primera vez que confiamos en gente mayor que nosotros. Supongo que nos proyectamos en ellos. Puede ser, no lo vamos a negar. A diferencia de la mayoría de los matrimonios de avanzada edad, en ellos no hay indicio de fatiga. Tampoco resentimiento. No tienen hijos, por cierto. Están juntos porque nada los ata excepto el deseo de potenciarse.
Un par de semanas atrás, el doctor nos mostró una vejada copia en 16mm de "El acorazado Potemkin". Si bien el curso no incluía cine ruso, Paternostro Villalba usó la obra de Eisenstein para ilustrarnos dos ideas que, para él, son claves: el montaje como instrumento revolucionario y el cine como manifiesto. La famosa escena de las escaleras de Odessa de inmediato me recordó la secuencia en la estación de tren de Chicago de "Los Intocables" con Kevin Costner. Se lo hice saber. Paternostro no sabía de qué le hablaba. Tampoco conocía, ni de referencia, el trabajo de DePalma.
Esa noche los cuatro nos fuimos caminando por la estrecha calle Esmeralda. A poco andar, me quedó claro que no contaban con un video-grabador. Tampoco tenían televisor. Ni hablar de un computador. Es más: hacía años que no veían un filme en un cine comercial.
De inmediato sentimos que se abría una posibilidad de crecimiento para nosotros. Les explicamos lo que era la red, en qué los chat rooms, el RealAudio. "Ahora uno puede enviar cartas sin papel, sin estampillas, sin ir al correo. Basta apretar un botón y ya llegó a su punto de destino". Nos miraron como si fuéramos de otro planeta. A la clase siguiente, les imprimimos información que bajamos del Internet Movie Data Base (www.imdb.com) respecto a sus propios documentales. Los diminutos ancianos se quedaron con la boca abierta.
Carla fue la que me sugirió regalarles el PowerBook 520c que teníamos fondeado en un closet. "Les puede cambiar la vida", me comentó fascinada. Ese martes nos acercamos a los Paternostro y les contamos de nuestra oferta. Celinda la rechazó sin titubear. Nos dijo que no podían aceptar un regalo tan oneroso. Les explicamos que no eran tan caros como ellos pensaban, que ya no eran artefactos de lujo sino de consumo. El doctor arguyó que ya estaban muy viejos para aprender cosas nuevas. Insistimos.
"Podrán leer diarios extranjeros, buscar trivia, llenarse de información. No saben el gozo que eso da".
Luego de intrincadas deliberaciones y varios desvíos por el plan, terminamos frente a la Plaza Victoria con ellos claudicando frente a la modernidad. Nos citaron para el día sábado, a la hora del té, en su casa del cerro Cordillera. Antes de despedirnos, guardamos el mapa que nos dibujaron en un trozo de servilleta.


II

La casa no es una casa sino un departamento escondido detrás de unos frondosos pimientos al final de un estrecho callejón. El departamento forma parte de un pequeño y rechoncho edificio con aspecto de astillero. Toco varias veces el timbre.
No hay respuesta.
El viento marino golpea las planchas de zinc de las casas vecinas. El cerro se mece.
Una reja de fierro forjado me impide ingresar. La empujo y cede. Estaba abierta.
Ingreso: mis pasos retumban con eco de sintetizador. La humedad acumulada dentro es intensa. El sol acá no llega. Subo una escalera ciega, tipo caracol. En el tercer piso me enfrento a una puerta metálica. A un costado, un letrero dice:

Dr. Villalba Paternostro, Pediatra. Horario de consulta: 16 a 19 horas.
La golpeo.
Me abre la minúscula Celina, con su pelo inflado de laca.
El doctor está, como siempre, de terno y corbata. Impecable. Aunque, en este contexto, su traje se ve caduco, anacrónico.
–Cuidado con Perséfona -me advierte.
–¿Cómo? -pregunto.
El doctor señala: en el suelo, sobre una esponjosa alfombra persa, yace un gato, negro como el pelo de Celinda. Es un gato gordo, hinchado. Una gata, para ser exacto. La luz es débil y no distingo mucho. Veo una mancha, más bien.
–No la vayas a pisar -me subraya Paternostro-. La pobre está un poco indispuesta.
Basta que me diga eso para que sienta que mi pie cobra vida propia. Tengo que controlarme para no pisar la bestia.
–¿Te gustan los gatos?
Miro al doctor y, antes de intentar escoger una mentira, le respondo lo que siento con los ojos.
–Prefieres los perros -me responde.
–La verdad es que sí.
–Grave error. Los perros, como los niños, terminan abandonando la casa. Los gatos siempre vuelven.
No sé qué responderle. Le sonrío incómodo, tenso.
–Siéntate acá, con nosotros, en esta mesa -me ordena Celinda-. Ibamos a tomarnos un anís. ¿O quizás prefieres una taza de té?
–No, no, no. Un anís me parece bien.
El doctor se aleja a la cocina. Celinda me observa y, luego de un rato, me dice:
–¿Y tu mujer, muchacho? ¿Por qué no vino contigo? Ustedes siempre están juntos. Parecen siameses.
–Está indispuesta. No se sentía bien -le respondo-. Pero les envía saludos.
Celinda abre una cigarrera y elige un delgadísimo cigarrillo oscuro. Antes de encenderlo me pregunta:
–¿Le dolía la cabeza?
–Se sentía debil, con jaqueca, sí. Y un poco de fiebre. Malestar estomacal.
–¿No llamaste a un doctor?
–No es para tanto. Le tocó una semana dura en el banco. Yo creo que necesita descanso, eso es todo.
–¿No estará embarazada?
–No lo creo.
–¿No lo crees o no lo sabes?
Bartolo regresa a la sala con una bandeja con una botella de Anís del Mono, tres vasos, una hielera y un sifón con soda. En un pocillo hay dos docenas de huevitos de codorniz con su cáscara cubierta de lunares. Celinda sirve los tragos como una profesional.
–Veo que llegaste sin Carla y sin el ordenador -dice Paternostro.
–El computador está en ese maletín, doctor.
–Pensamos que traerías un armatoste. Una caja. Despejamos un escritorio entero.
–Ahora existen unos que son aún más delgados. Desde luego los hay más livianos.
–Quién lo hubiera dicho.
Bebemos el anís. Celinda descascara los huevos. Les saca la yema antes de salpicarlos con sal. Luego se los da al doctor. No sé por qué no me ofrece. Tampoco me atrevo a sacar. No me apetecen la verdad. Menos con el anís.
–Estoy pensando terminar un documental inédito, muchacho. A lo mejor te interesaría ayudarme. Tengo un par de latas con imágenes de María Luisa Bombal.
–Esa vieja borracha.
–Cállate, mujer. Déjame terminar. No tiene sonido. Y no creo que sean más de veinte minutos. Es ella caminando por Viña del Mar. Poco más que eso. ¿Tú crees que con la tecnología moderna podría...
Golpean la puerta.
Todos callamos.
–Debe ser el veterinario -indica Celinda-. Espero que no te moleste.
–Para nada.
–No estará más de cinco minutos -me consuela Bartolo antes de levantarse de su silla.
Lo miro atravesar la inmensa sala. Celinda lo sigue. Ambos caminan iguales, me fijo.
Un chorro de luz se filtra al abrir la puerta. Ilumina al gato. Los tres se quedan bajo el umbral, conversando en silencio.
El veterinario es un tipo color arena, de rasgos eslavos, con un corte de pelo naval. Parece un estudiante. El contraste con la edad de los Paternostro es evidente y hasta obscena. Lo mismo la altura. Mide cuarenta centímetros más que los dos, calculo.
Celinda cierra la puerta: la penumbra se apodera una vez más de la casa. El veterinario se acerca a la gata, la revisa con el tacto. Le hace un gesto a Paternostro para que la levante. No es una maniobra fácil. El animal parece pesar una tonelada. Desaparecen por una puerta de la que no me había percatado antes.
El maletín del veterinario queda abandonado en el suelo.
Me levanto y, sin saber qué hacer, desenfundo el computador. Lo coloco sobre la mesa que despejaron. Celinda aparece y recoge el maletín. Veo su reflejo en un espejo.
–Te iba a proponer justamente eso: que empezaras. El doctor quiere revisar a Perséfona. Ya no está tan joven. Tiene casi mi edad.
Luego me susurra:
–Creo que tendremos que ponerla a dieta.
–Necesito un enchufe telefónico.
–Tenemos un solo teléfono. El que está ahí. Espero que no nos dejes sin línea, niño.
–Un rato, no más. Mientras naveguemos.
Celinda me mira con cara de no entender.
–Después nos dejas comunicados, mira. Nada de cosas raras.
–Nada de cosas raras -repito.
Espero a que Celinda desaparezca nuevamente hacia la pieza en donde están Perséfona, el veterinario y el doctor Paternostro. Desenchufo el teléfono. Me percato que es de los teléfonos antiguos que se conectan con un enchufe con cuatro patas. No hay forma de conectar el módem. Quizás podría llamar a la compañía. Solicitar un cambio de sistema.
Enchufo el teléfono y, al segundo, éste suena.
Salto como si me hubieran electrocutado. Me protejo detrás de una silla. El teléfono prácticamente se sacude con cada ring.
Me acerco dispuesto a contestarlo. Deja de sonar.
Silencio.
Entonces veo al veterinario. Lo veo con una cotona blanca. Con guantes transparentes. Con una jeringa metálica en la mano. Me contempla, luego rehuye mi mirada y desaparece.
El silencio es quebrado por los gritos. Rebotan en los vidrios. Camino unos pasos, hacia la pieza. Los gritos van y vienen, como una marea. Alcanzo a ver la figura del doctor Paternostro Villalba tendido en una cama: abraza al animal.
Mi zapato pisa algo viscoso, transparente. Miro la alfombra: una poza gelatinosa, placentesca, yace en el lugar del gato. De Perséfona.
El veterinario aparece con una palangana de plástico y un montón de paños de cocina. Debe tratarse de un parto, pienso.
El doctor me mira el calzado.
–¿Usted es...?
–Amigo... Alumno del profesor, más bien. ¿Sucede algo?
–El animal está muy mal.
Bartolo vuelve a gritar. Es un llanto mezclado con palabras que no puedo desentrañar. Tampoco hace mucha falta. Es como si entendiera. Como si lo entendiera todo.
–Voy a tener que sacrificarla ahora mismo -me dice en forma seca.
Ninguna palabra llega a mi boca.
–No hay operación posible. Se trata de una hemorragia devastadora. Está muy mal, sumida en un dolor que no le permite ni siquiera quejarse.
–¿Pero ahora? ¿En este instante? No podría....
–Creo que es mejor que se retire. Yo me hago cargo. No se preocupe. Yo les digo que usted se despidió de mí.
–Hay algo que yo pueda...
–Creo que preferirían estar solos. Perséfona es como una hija para ellos. Es todo lo que tienen. Entiéndalos: no se lo esperaban. La gente sola se encariña mucho con los animales.
El doctor desaparece. Camino a la mesa y comienzo a guardar el computador dentro del maletín. Me fijo en el vaso con licor. Lo trago de un golpe. Entonces la veo. Veo a Celinda. Está a un costado.
-No te vayas. Quédate conmigo.
Celinda me estira la mano. Miro la puerta. Se la tomo. Es ínfima, fragilísima. Siento la piel blanda, las venas. Noto su palpitación. Celinda camina hacia un sofá, conmigo de la mano. No puedo hacer otra cosa que seguir. Ella se sienta. Yo la imito. Me suelta la mano y se tapa la cara con las dos.
Desde la pieza, se escucha:
-No, no, no aún... Cinco minutos más, por favor.
Nada de lo que he vivido hasta este momento me ha preparado para este instante. ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué estoy viviendo? ¿De qué se trata todo esto?
Intento no saber. Pero algo sé. Sé que no me puedo escapar.
Celinda se sube a mi falda y se me acurruca como una niña. Es tan pequeña y liviana. Se queda ahí, destrozada, sin vida, agonizando. Le toco el pelo, se lo acaricio.
El doctor sale de la pieza. Nos ve. Se acerca.
Miro mi mano: está negra, tiznada con tintura.
–Ya está en el cielo. Ya no va a sufrir más.
Celinda se incorpora. El doctor la ayuda a levantarse. Su maquillaje está corrido.
–Don Bartolo la necesita.
Celinda no me mira. Camina tambaleando hacia la pieza. Desaparece. Me quedo en el sofá, intentando recuperar aquello que acabo de perder. Apenas, a mi pesar, sin fuerzas, me levanto y llego a la puerta. Salgo. Camino por el pasillo, bajo la escalera. Me topo con la reja de fierro. La empujo. No abre. No cede.
Al otro lado, me fijo, está lloviendo. Es de noche. Se ve poco.

© 2000 Alberto Fuguet

martes, mayo 25, 2004

Una joya literaria de Edith Villanueva Siles

Pues con este texto sorprendente les invito a leer el suplemento La Jornada Semanal de esta semana, que lleva como título "Ellas Cuentan" y que constituye un repaso a algunas de las voces claves de la literatura mexicana actual. Debo confesar que yo no conocía a esta escritora, llamada Edith Villanueva Siles, pero sin recato declaro que me he convertido en aficionado repentino a su prosa y a su estilo. Especialmente admiro la fluidez y coloquialidad de su lenguaje, y la profunda capacidad de introspección que destila. El suplemento también contiene textos de autoras como Rosa Beltrán, la fantástica Ana García Bergua, y la doctora en literatura Sara Poot, yucateca que labora en una universidad de California. Sin más preámbulo, les dejo con esta gema.

* * * * *

"Seducción"


por Edith Villanueva Siles

Si algo he disfrutado en la vida es
el juego de la seducción.
Albayosa Jandy


Después de una larga pausa en mi vida amorosa, decidí aceptar la invitación de un hombre que apenas conocía. Lo vi en esa clase de brindis que se ofrece al término de la presentación de un libro, nada interesante encontré en él, excepto la insistencia con la que me miraba, parecía como si quisiera recordarme. Se acercó para preguntar mi opinión sobre el libro, le pedí que encendiera mi cigarrillo y dejé que él mismo contestara. Siempre ha funcionado, los hombres hacen preguntas porque desean ser escuchados y porque creen que su comentario es importante. Mientras que Jaime pronunciaba su monólogo, me dediqué a buscar la mirada del hombre que realmente me había atraído. Fingí que escuchaba con atención y cada vez que me deshacía del humo de mi cigarro, echaba la cabeza hacia atrás, creyendo que ese movimiento me daba estilo y me permitía no perder de vista el blanco de mi deseo.

En varias ocasiones Jaime interrumpió su monólogo para dar un vistazo a los invitados y saber quién era su rival, si es que las intenciones de su acercamiento eran las que sospechaba. Se sintió inseguro al ver que el hombre que atraía mi mirada con tanta fuerza era quince años menor que él, apuesto y distinguido. Jaime no perdió tiempo y me pidió mi número telefónico. Para no desperdiciar la posibilidad de tener un nuevo amigo, también grabé en mi teléfono su número y quedamos en llamarnos la siguiente semana. Me retiré del brindis no sin antes echarle un último vistazo al hombre que sí me gustó.

Acordamos vernos en Coyoacán, con suerte resolví el problema de que mi auto no circulaba aquel día, mi padre me prestó el suyo, no era una buena idea pedirle a Jaime que pasara por mí, no en la primera cita. Me sentí emocionada porque mi carrera amatoria empezaba de nuevo, después de todo él no era un mal candidato para empezar a poner a prueba mis nuevas estrategias. Esta vez estaba convencida de que la mezcla de una actitud seductora con inocencia y recato, funcionaría mucho mejor y si mi plan resultaba, prometía semanas de diversión y largas noches.

Decidí usar una blusa escotada como era mi costumbre, la diferencia ahora era que cubrí mis atributos con una mascada; de esa forma, si mi voz pausada y mi mirada insistente no funcionaban me descubriría el pecho para no dejar pasar la oportunidad.

Elegí la mesa menos alumbrada del restaurante para poder resaltar mis ojos con el fuego de mi cigarrillo. Jaime ordenó una botella de vino. Reconocí de inmediato que él también llevaba preparado su plan. Si la lectura de los extractos del libro que me leyó durante la velada no surtían ningún efecto, el vino lo haría por sí solo. Me dejé llevar por la noche y entregué mis oídos a los relatos eróticos que él eligió cuidadosamente. De inmediato me di cuenta que era un aficionado al sexo oral, con esa revelación yo tenía un punto a mi favor. Jaime sería muy fácil de manejar y podría usarlo bastante bien para mis gustos sexuales, quizás ese hombre no era lo que deseaba, pero podía divertirme al poner al descubierto sus fantasías.

Jaime tomó mi mano y me preguntó por qué aquella noche no lo dejé de mirar, pobre, por estar tan interesado en su monólogo, se confundió con el otro hombre. Para no desencantarlo y seguir con su juego de seductor que tanto me estaba divirtiendo le dije: me gustan tus ojos verdes, desde que te vi supe que eras un hombre interesante, un hombre en busca de la sensualidad y el erotismo. Cuando terminé de decirle suavemente lo que esperaba escuchar, tomó mi barbilla e intentó besarme. Yo dirigí mi boca hacia el lado opuesto e inmediatamente encendí un cigarro y le dije: me ruborizas y tu cercanía me pone nerviosa. Allí estaba mi mejor acierto de recato. Jaime sonrió triunfador porque en ese momento sintió que me tenía en sus manos y que su don de seductor empezaba a funcionar y sí que lo hacía, porque hasta yo misma me la creí. Me sentí contenta por mi actitud inocente, sólo me preocupó un poco la decepción que se llevaría en el momento en que le dijera que no deseaba estar en su cama, porque la plática estaba dirigida exactamente hacia esa dirección, pero me arriesgaría, un no también era parte de mi plan.

En la copa número cinco, sugerí que era hora de irnos. Jaime no paraba de repetir que estaba muy a gusto. Insistí argumentando que era tarde. Antes de retirarnos me declaró que deseaba tener una aventura erótica conmigo porque le gustó la forma en que lo miré la vez que intercambiamos nuestros números telefónicos. No me sorprendió su proposición, a sus años no contaba con el tiempo para invertirlo en el cortejo. Sugerí que debíamos conocernos más, pero Jaime aprovechó su prisa y obligó a que con la mano que no sujetaba mi cigarro frotara con fuerza su pito. Lejos de molestarme, me sorprendí porque esa acción estaba fuera de lugar, igual que su erección. Nada tenía qué hacer su verga en una cena romántica. Retiré mi mano y dije: esto no me hace sentir bien. Esa invitación que me hacía al ofrecerme su miembro no me seducía en lo más mínimo, por el contrario, me dejaba fuera del juego. Lo único que pude pensar fue que ese hombre llevaba mucho tiempo sin coger y no le importaba hacer el ridículo con tal de conseguir sexo.

Le sugerí que pidiera la cuenta. Al salir del restaurante abandoné mi actitud seductora. Jaime, como todo un caballero, me acompañó a mi auto. Me sentía agradecida y liberada de aquella situación tan fuera de lugar. Respirar el aire de la noche y saber que me liberaría muy pronto de aquella promesa de diversión, me hizo mantener una conversación agradable y cordial durante las tres cuadras que caminamos. Cuando nos acercábamos a mi auto apresuré el momento de la despedida, las llaves estaban ya en mis manos. Le agradecí la velada, él me pidió que lo acercara a su auto porque ahora se encontraba a unas seis cuadras de él. Me pareció que era sensata su petición y sin reparo alguno le abrí la puerta. En cuanto puse en marcha el auto me incorporé al arroyo vehicular, Jaime interrumpió mi atención cuando dijo: no sé qué me pasa, estoy muy excitado. Ni siquiera volteé a verlo porque estaba muy ocupada tratando de cargarme al carril izquierdo para dar vuelta. Él no paraba de repetir que estaba excitado. En el alto lo miré y sin saber cómo ni a qué hora había sacado su verga, sólo pude ver cómo brillaba el lubricante en el glande de su miembro muy disminuido. No supe qué hacer, el claxon del auto que venía detrás de mí me hizo reaccionar y avancé. Lo único que pude decirle era que no me gustaba que estuviera haciendo eso y mucho menos en el auto de mi padre. Él no entendió, no le importó lo que le decía y aprovechó que estábamos en movimiento para frotarse. Lo único que pude hacer fue seguir el camino que él me indicaba para llegar a su auto. Yo no sabía si debía darle un pañuelo desechable para que no manchara de semen el asiento o si debía poner el freno de mano en plena avenida y echarlo del auto, o chupársela para contener el semen en mi boca y para que dejara de repetir como un loco que estaba muy excitado y que se iba a venir. No podía permitir esa escena y mucho menos tener que limpiar el parabrisas y el asiento. Por fin me dijo que me detuviera porque su auto estaba allí. En cuanto me estacioné Jaime me miró a los ojos y un poco avergonzado cubrió el orificio de su verga y se vino, así nada más, sin siquiera un gemido de placer, un gesto, una sonrisa de satisfacción, sin nada, excepto con semen.

Sin retirar la mano de su glande se despidió y prometió llamar pronto. En cuanto se bajó aceleré porque lo único que deseaba era borrar esa imagen del auto de mi padre. A pesar de que hacía frío abrí la ventana para eliminar cualquier olor que Jaime hubiera podido dejar y durante todo el camino me repetí que en realidad yo no sabía nada de la seducción.


Tomado de: La Jornada Semanal núm. 481, domingo 23 de mayo de 2004

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