
Desde las 3:45 de la tarde soy propietario de un modelo de rasuradora marca Wahl, muy parecido al que figura en la imagen que acompaña la presente égloga, adquirida por la módica suma de $270 pesos. Y tras haberla utilizado esta tarde, no puedo parar de pronunciar loas y exclamaciones de gusto, júbilo y alegría desenfrenadas. ¿Por qué esperé tanto tiempo para asumir la tecnología? Una de tantas preguntas que sólo el tiempo y la filosofía podrán responder. Mi querida amiga Carolina solía mofarse de mí por no tener DVD y, naturalmente, la primera noche que tuve un reproductor de DVD en mi cuarto me hice la misma pregunta que hace unas líneas. No hay que tenerle miedo al progreso, diría mi abuelito mientras extiende la mano sosteniendo un vaso de ron Bacardí con agua y coca, esperando a que alguien le obsequie unos cuantos cubos de hielo para soportar el calor que nos desespera y sin embargo proporciona un sentido común de la existencia.
En fin. No cabe más que exhortar / invitar / instar / apremiar y recomendar a todos mis amigos que usan barba (de los que me vienen a la mente, Anwar, Jorge Carlos, el Negro Canto, ocasionalmente Santiago, Enrique, Gilberto y Armando) a que venzan los paradigmas del pasado que nos atan y manipulan inconsciente o conscientemente, y que al igual que yo asuman las maravillas que nos ofrece ese triste fenómeno conocido como desarrollo industrial capitalista en materia de aseo facial masculino.
Olvidad las ideologías por un instante. Me has alegrado el día, querida rasuradora.